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August 18 MAESTRO BAUDELAIRE CONVERSACIÓN
¡Eres un bello cielo de otoño, claro y rosa! Pero la tristeza asciende en mí como un mar y deja, al refluir, en mis labios sombríos el punzante recuerdo de su limón amargo. Tu mano se desliza en vano por mi pecho que desfallece; lo que ella busca, amiga, es un lugar saqueado por la guerra y el diente feroz de la mujer. No busques más mi corazón; lo han devorado las fieras. Mi corazón es un palacio devastado por las turbas; ¡en el que se emborrachan, matan, se agarran el pelo!; ¡Flota un perfume en torno a tu cuello desnudo!... ¡Oh Belleza, duro azote de las almas, tú lo quieres! con tu ojos de fuego brillantes como fiestas, calcina estos despojos que han dejado las fieras!
CADA CUAL CON SU QUIMERA Bajo un amplio cielo grisáceo, en un amplia llanura polvorienta, sin caminos, ni hierba, sin un cardo, sin una ortiga, me crucé con muchos hombres que caminaban encorvados. Llevaban cada uno, a sus espaldas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado romano de infantería. Pero el monstruoso animal no era peso muerto; envolvía y oprimía, por el contrario, al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos, agarrábase con sus dos enormes garras al pecho de su montura, y su fabulosa cabeza dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos intentaban acrecentar el terror de sus enemigos. Pregunté a uno de aquellos hombres hacia dónde de dirigían de aquella manera. Me respondió que ni él ni los demás lo sabían; pero, que sin duda, iban a algún lugar, ya que les impulsaba una necesidad irresistible de andar. Reflexión curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía molesto por el violento animal colgado de su cuellos y pegado a su espalda hubiérase dicho que lo consideraban como parte de sí mismos. Tantos rostros agotados y serios ninguna irritación mostraban; bajo la capa melancólica del cielo, hundidos los pies en un suelo tan desolado como el cielo mismo, caminaban con la faz resignada de los condenados a esperar, siempre. Y el cortejo pasó por mi lado y se perdió en la atmósfera del horizonte, por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se sustrae a la curiosidad del mirar humano. Me resistí unos momentos a querer penetrar el misterio; pero pronto la irresistible indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedé más hondamente agobiado que los otros con sus molestas quimeras.
Charles Baudelaire
AMADA GLORIA
MINIPOE Mientras mi corazón en el silencio como un olivo viejo se retuerce oigo mi nombre; …es sólo el eco del recuerdo al chocar con la ausencia.
NOTICIA Porque a mí la Tristeza me perseguía y me la encontraba hasta en la sopa, he huido a la selva que no viene en el mapa, y hasta aquí yo temo que me encuentre. Lo temo porque recuerdo y no debiera recordar nada. Porque hombre que quiere ser feliz, debe hacerse un desvergonzado egoísta y depilarse nombres de sus cejas, y huir de la ciudad como yo hice.
No tengo más que un traje y un cuaderno y mucho miedo a que se gaste el lápiz.
Al alba sólo al alba paso frío.
Me develan las aves y las hojas.
Vente conmigo cuando te harte todo. Estoy en el alero de un frondoso tocando el violín con una pluma. Si te preguntan, no digas cualquier cosa. Di que me perseguía la Tristeza y busqué libertad en una isla que no viene en el mapa.
Gloria Fuertes
August 14 ADORADO GUSYo sé cuál el objeto
de tus suspiros es;
yo conozco la causa de tu dulce
secreta languidez.
¿Te ríes...? Algún día
sabrás, niña, por qué:
tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.
Yo sé lo que tú sueñas
y lo que en tus sueños ves.
Como en un libro puedo lo que callas
en tu frente leer.
¿Te ríes...? Algún día
sabrás, niña, por qué:
tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.
Yo sé por que sonríes
y lloras a la vez
yo penetro en los senos misteriosos
de tu alma de mujer.
¿Te ríes...? Algún día
sabrás, niña, por qué:
MIENTRAS TÚ SIENTES MUCHO Y NADA SABES,
YO, QUE NO SIENTO NADA YA, TODO LO SÉ.
Gustavo Adolfo Bécquer
August 10 IN ARTÍCULO MORTIS O POEMA PARA UN POSIBLE FINAL…Y tendremos que aprender a hacer nuestros caminos ya el uno sin el otro Matar las ganas de voltear y con paso firme colocarnos al pie del precipicio Abrir los brazos y expulsar el aire corrompido que aún nos quema en los pulmones Saltar al vacío y aprender entonces del vuelo de las hormigas Dejar que sean los buitres los que nos hagan ganar el cielo Esperar hasta que nuestros huesos fecunden esa tierra que un día creímos nuestra
Y entonces sí, conociendo ya todas las respuestas, amarnos al fin, como sólo saben los muertos.
Lúnula
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